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Capítulo VI: Al Libertador

Me ha enviado ... a publicar libertad a los cautivos. (Is. 61:1)

En la discusión del tema que venimos tratando surgía la pregunta de a quién tenemos que ir, cuya respuesta era: a Jesús. Lo cual suscitaba otra cuestión: ¿Quién es este Jesús?; a la que ya hemos dado varias respuestas, con el fin de mostrar si el hombre por naturaleza tendría el querer para ir a él. Jesús, hemos dicho, es la revelación del Dios de nuestra salvación y es capaz de salvar plenamente a los que se acercan a Dios por él. El querer ir a Jesús, por lo tanto, estará motivado por el anhelo de ir a Dios. Cristo es el Dador­de­descanso, y ha prometido reposo eterno en el tabernáculo de Dios, esto es, perfecta comunión y amistad con Dios, a todos los que vienen a él, lo cual presupone que realmente se busca esa clase de reposo. Cristo es también el pan y el agua de vida, por lo que venir a él significa que se tiene hambre y sed de justicia. En este capítulo vamos a considerar desde otro aspecto a este Jesús al que tenemos que acudir: lo veremos como el Libertador, que promete libertad a todos los que vienen a él.

La Escritura declara en más de una ocasión que Cristo es el Libertador y que la verdadera libertad se encuentra en él. Ya en la antigua dispensación se anuncia a sí mismo, a través del profeta Isaías, como aquel a quien el Señor había ungido para predicar buenas nuevas a los abatidos, para vendar a los quebrantados de corazón, para publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de cárcel (Is. 61:1). Concretamente fue este pasaje el que leyó en la sinagoga de Nazaret aplicándose estas palabras a sí mismo: "Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros" (Lc. 4:16­21). Y luego, en la fiesta de los tabernáculos, dijo a los judíos de Jerusalén: "Si vosotros permaneciéreis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres ... Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres" (Jn. 8:31­36). Por consiguiente, es la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús la que nos libra de la ley del pecado y de la muerte (Ro. 8:2). Y la misma creación será liberada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios (Ro. 8:21). Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad (2ª Co. 3:17); y a los que han venido a él se les amonesta para que permanezcan firmes en la libertad con que Cristo les hizo libres (Gá. 5:1). Sin ninguna duda, en Cristo hay libertad, ¡él es el verdadero Libertador!.

Según esto, podría parecer que estamos ante un tema realmente atractivo para los corazones de los hombres, y todo haría esperar que, unánimes, fueran con avidez a este Libertador para recibir la libertad. ¿No se nos dice que el hombre suspira por libertad, y que la libertad es más valiosa que la vida? ¿No está toda la historia caracterizada por una lucha determinada y fiera por la libertad? ¿No buscamos esperanzados las llamadas cuatro libertades básicas: del temor; de la pobreza; de expresión; y de religión y adoración? ¿No estamos soportando toda la penuria, destrucción y sangría del presente conflicto mundial con el propósito de obtener y asegurarnos la tan preciada libertad? Muy bien, pues todo eso es lo que promete Cristo. El se anuncia a sí mismo como el perfecto Libertador. Sí, te promete libertad de la pobreza, carencias y miserias, y esto en un sentido absoluto: tanto del cuerpo como del alma. Te promete libertad del temor, incluyendo su causa más profunda y universal: la muerte y el infierno. Promete libertad de expresión en el verdadero y más sublime sentido del término. Y libertad de religión, culto y adoración de tal naturaleza que jamás puede ser reducida o encadenada. Además, tenlo muy en cuenta, no sólo te promete libertad "de" algo, negativamente, sino la libertad verdadera y positiva: de las cadenas de la pobreza, a la satisfacción eterna y la plenitud; del temor, a la confianza y la paz; de la opresión a la verdadera libertad de conciencia; de la más honda miseria, a la más excelsa gloria; de la muerte horrible a la vida eterna. Y propone esta libertad como un don gratuito. No tienes nada que sacrificar por ella; no necesitas trabajar o pelear para conseguirla; no tienes que pasar por la agonía de la guerra para obtenerla. ¡Cristo la ha realizado completamente solo! ¡Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres!.

No obstante, por muy paradójico que parezca, los que luchan hasta la muerte por la libertad, sin embargo, no quieren la libertad verdadera, y no vienen a Jesús. En las dos ocasiones antes mencionadas, en las que Jesús se proclamó como el Libertador, los judíos le rechazaron, se llenaron de ira y quisieron matarle. En Nazaret, aunque admitieron que era alguien que hablaba cosas extraordinarias, aun así, tenían en su corazón el decirle: "Médico, cúrate a ti mismo". Y cuando el Señor insistió, encolerizados, lo hubieran despeñado si no se va de ellos milagrosamente. Y en Jerusalén, negando los judíos que fuesen esclavos de alguien, le llamaron samaritano y que tenía demonio, cogiendo piedras para apedrearlo; pero otra vez el Señor escapó saliendo por en medio de ellos (Jn. 8:48­59). En nuestros días no es diferente. Los hombres prefieren más bien luchar hasta la muerte por sus propias convicciones de lo que es la libertad (algo carnal e imposible), que venir para recibir la libertad de Cristo.

¿Por qué ocurre esto?

¿Qué condujo a los que tan orgullosamente ostentaban su libertad a rechazar, perseguir, y, finalmente, crucificar al que proclamaba libertad para los cautivos? ¿Qué lleva a los que dicen tener a la libertad como la cosa de más valor, y por ella luchan hasta la muerte, a seguir crucificando a este Libertador? ¿Qué clase de libertad es la suya que todos la rechazan?

Debemos entender que la libertad no es en primer término, y en su más profundo sentido, una relación entre hombre y hombre, sino entre el hombre y Dios. Tampoco se trata de una mera relación, estado o condición externa, sino algo del corazón. Además, la libertad no consiste en un estado en el cual el hombre pueda hacer lo que le plazca, sino en una virtud espiritual por la que al hombre le agrada hacer la voluntad de Dios. La libertad de cualquier criatura consiste en vivir y moverse, de acuerdo al impulso de su naturaleza, dentro de los límites de la ley que Dios ordenó para ella. El águila se remonta en el cielo en armonía con su naturaleza y con la ley de Dios para tal criatura. Poned al rey de las aves en una jaula, o cortadle sus alas, y ya no será libre. Pero ved el árbol; florece en el suelo y es libre precisamente cuando está plantado firmemente y es capaz de asentar sus raíces en la tierra. Arrancadlo, y ya no será libre nunca. Ahora bien, el hombre es una criatura moral, con una naturaleza racional. Y la ley de Dios, la voluntad viva de Dios, que está en armonía con la naturaleza del hombre, es que ame al Señor su Dios con todo su corazón, con toda su mente, con toda su alma y con todas sus fuerzas, y así vivir en la esfera de la comunión del pacto de Dios. Ese es el hombre libre: que tiene el derecho, es capaz, y quiere vivir en la esfera de ese amor.

Para el pecador esto significa que esa libertad consiste nada menos que ¡en libertad del pecado! Esta y no otra es la libertad que Cristo proclamó. Efectivamente, siempre fue radical en este asunto, insistiendo en que ninguna libertad es posible si no se es libre del pecado. No existe verdadera liberación de la pobreza o del temor, ni verdadera libertad de expresión o de religión, a menos que el pecador sea librado de las cadenas del pecado; porque "todo el que hace pecado, esclavo es del pecado" (Jn. 8:34). Y Cristo negó rotundamente que el hombre sea capaz de liberarse por sí mismo. Sólo lo será verdaderamente cuando él, el Hijo del Hombre, lo libere. Donde está el Espíritu del Señor hay libertad. Ahí es únicamente donde existe. Fuera de la esfera de ese Espíritu sólo hay esclavitud.

Comprendamos esto claramente. El pecador es esclavo del pecado. lo cual supone, en primer lugar, que es culpable y está sentenciado a muerte espiritual de la que no tiene derecho a ser librado. Por consecuencia, toda su naturaleza se ha corrompido. Su mente se ha hecho tinieblas, su voluntad pervertida, y todas sus inclinaciones y deseos están degenerados por el pecado. Su motivación es la enemistad contra Dios, porque "los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden" (Ro. 8:7). Esa es la miseria del hombre. Es esclavo del pecado no en el sentido de que el pecado sea una fuerza compulsiva de la que no puede librarse, de tal manera que peque en contra de su voluntad. Al contrario, es libre para pecar; y se deleita en el pecado. Está encadenado internamente; su voluntad está esclavizada. No quiere amar a Dios, no puede querer, es incapaz de desear y buscar lo que es bueno. El pecado es el poder que lo dirige desde dentro. Lo tiene entronizado en el corazón, de donde manan todos los aspectos de la vida. ¡Y bajo su dominio es acosado por el temor de la muerte todos sus días!

¿Qué, pues, hay que hacer para liberar a ese pecador? En primer lugar, es evidente que tiene que ser redimido. Siendo un esclavo legal del pecado, estando condenado a su yugo, es necesario pagar un precio por su libertad. Esto significa que su culpa tiene que ser expiada y completamente borrada, y debe ser declarado justo, digno de la libertad y la vida, en el tribunal de la justicia divina. La justicia de Dios contra el pecado tiene que quedar satisfecha por completo. El que pueda liberar al hombre, por lo tanto, tiene que ser capaz de traer el perfecto sacrificio por el pecado, soportar la ira de Dios, y gustar todas las miserias de la muerte y el infierno, con perfecto amor de Dios. Tiene que entrar en la más profunda aflicción por causa de la justicia divina, y desde lo más hondo del infierno poder decir: "¡Te amo, oh mi Dios! ¡He venido para hacer tu voluntad! ¡Tu ley es mi delicia aun aquí!" Por tal acto de expiación obtendrá el derecho de liberar al pecador. Mas también tiene que liberarlo en la realidad práctica. Tiene que ser capaz de entrar en el mismísimo corazón del hombre, destronar el poder del pecado, sentarse él en el trono, cortar las cadenas del pecado, quitar la enemistad contra Dios, y llenar el corazón con un nuevo amor de Dios para que el pecador se arrepienta, aborrezca todo pecado y tenga nuevo deleite en la voluntad de Dios. Redimido de esta manera, y liberado de la esclavitud del pecado, entonces, y sólo entonces, el pecador es verdaderamente libre. Es libre su corazón, su voluntad y su mente; es libre de todo temor, de la pobreza y miseria, y puede en verdadera libertad adorar de nuevo al Señor su Dios y servirle solamente a él. ¡Cristo es ese Libertador! El no se limita a "proclamar" libertad; ni meramente nos "instruye" en el conocimiento de la misma; ni se queda sólo en "mostrar" el camino a ella. No. El, el Cristo de la Biblia, el hijo de Dios que vino en semejanza de carne de pecado, pero sin pecado, que murió en el Calvario y resucitó al tercer día, que ascendió a los cielos llevando cautiva la cautividad, y que tiene todo poder en el cielo y en la tierra, el Ungido, el Espíritu vivificante, tiene la prerrogativa de liberarnos y también el poder para hacerlo; y nos libera realmente del dominio del pecado y nos hace partícipes de la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

El puede pagar el precio de nuestra redención porque él mismo es eternamente libre. Es el verdadero Hijo de Dios, y el Hijo es libre incluso en nuestra carne. No tiene pecado ni mancha alguna. Ni siquiera había la posibilidad de que pecase, pues es libre en el más pleno sentido de la palabra. Amó al Padre con todo su ser; y libremente, por un acto de obediencia perfecta, motivado por el amor de Dios, descendió a las partes más bajas de la tierra, a lo más hondo del infierno, y se humilló hasta la muerte, y muerte de cruz. Y en todos sus sufrimientos, agonías del infierno, desprecio y vergüenza, jamás estuvo en esclavitud. Siempre libre; siempre amando al Padre. Fue el siervo perfecto. Aun cuando se arrastraba en el polvo del huerto; aun cuando en el más tenebroso momento de su humillación, clamó: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?", ¡aun entonces era libre y quería cumplir voluntariamente toda justicia y satisfacer la justicia de Dios contra el pecado!

¡Ese es el misterio de la cruz!

¡Por eso la palabra de la cruz es locura a los que se pierden! ¡Oh, qué diferente a los esfuerzos humanos para obtener la libertad es el plan de Cristo! El hombre busca poder, señales, sabiduría humana. Forma ejércitos poderosos, inventa instrumentos de destrucción, y desafía a la muerte para conseguir y defender su libertad. ¡Cristo peleó toda la batalla él solo! ¡Y cuán duramente luchó!. Vedle en el huerto consternado por la muerte. Ved al Libertador atado, rehusando el poder de la espada en su lucha. No protestó cuando lo maltrataban; no defendió su causa cuando lo acusaron; no abrió su boca cuando le condenaron a muerte; dio su espalda a los que azotaban; curó las heridas del enemigo. Se dejó clavar en la cruz. Cuando fue retado a que se librara a sí mismo y descendiera de la cruz, no replicó. ¡Oh grandeza! ¡Un Libertador que está atado y entregado al poder del enemigo!

Así tenía que ser. Su lucha no era contra carne y sangre, sino contra los poderes del demonio, el pecado y la muerte. La victoria solamente era posible por un acto perfecto de obediencia; la obediencia de amor y libertad verdadera, aun hasta la muerte. Y por esa obra obtuvo Cristo para nosotros el derecho a la perfecta libertad: libertad del pecado, de la ira de Dios y de la maldición de la ley; libertad para la justicia, vida y gloria eternas en la esfera del perfecto amor de Dios. Y habiendo obtenido la remisión de los pecados, la justicia perfecta y la prerrogativa para liberarnos, fue resucitado en gloria y exaltado a la diestra de Dios, investido con todo poder para llevar a cabo nuestra liberación del dominio del temor, de la miseria, del pecado y de la muerte.

¿Cómo participaremos de esa libertad que Cristo compró para nosotros? Sí, tenemos que ir a él como nuestro Libertador. ¡Todo el que quiera, puede venir! Nadie irá en vano. Los que acudan serán ciertamente liberados. Pero ¿cómo será esto? ¿Quiénes querrán ir para ser liberados por su gracia? ¿Será, quizás, que este Cristo está a la puerta de nuestra prisión de pecado y muerte, y desde ahí nos proclama que él tiene la prerrogativa y el poder de liberarnos, y que realmente quiere hacerlo, con tal que nosotros únicamente le abramos la puerta y le dejemos pasar? ¡De ninguna manera! ¿Ya hemos olvidado que la voluntad y el corazón del pecador son esclavos del pecado? Además, el pecador es un esclavo que quiere y se deleita en esa esclavitud. Por nada quiere ser arrancado de ella. Jamás vendrá a Cristo para que lo libere. ¡Si Cristo tiene que esperar a que alguien le abra, entonces nadie será salvo nunca!

Mas ¡gracias a Dios! ¡Cristo es el primero! ¡El es el Espíritu que da vida! Y por ese Espíritu entra en nuestros corazones, y de una forma demasiado maravillosa para comprenderla, corta las cadenas de corrupción y libera el corazón, la voluntad y la mente por el poder de su gracia. Entonces llama. Llama a través del evangelio, es cierto, pero siempre es él mismo el que lo hace, y apela al corazón, la mente y la voluntad que han sido regenerados por su gracia. Entonces es cuando oyes su voz: "Ven a mí, y te haré libre". Entonces es cuando ves tu esclavitud tal como es, y te arrepientes de tu pecado, y suspiras por liberación, y clamas: "¡Señor, sé propicio a mí, pecador!" ¡Ese es el grito de la libertad! Y corres a tu Libertador, y él te recibe y te hace partícipe, por la fe, de su justicia perfecta, y derrama en tu corazón el amor de Dios. Y desciende paz donde antes había temor; esperanza donde había terror; la enemistad se torna amor, la muerte en vida, el infierno en gloria celestial. ¡Has sido liberado para siempre! Y ahora miras en el gozo de la esperanza la consumación final de la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

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