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Capítulo VIII: A La Resurrección Featured

Yo soy la resurrección y la vida. (Jn. 11:25)

La salvación es resurrección de entre los muertos. Esta declaración no debe entenderse como referida sólo a la postrera resurrección del cuerpo en gloria, a la que miramos los creyentes como la consumación final de nuestra esperanza, sino a la salvación en su totalidad. La salvación, que es la herencia de los creyentes por la fe en Cristo aquí en el mundo, es también realmente una resurrección de los muertos. Quien es salvo por la fe, es levantado de la muerte, y esta resurrección será completada en el día de Cristo, cuando esto mortal se vista de inmortalidad y sea destruido el último enemigo.

Que esto es verdad se puede demostrar fácilmente por la Escritura. Cristo Jesús es la revelación del Dios de nuestra salvación que da vida a los muertos. En la creación se revela a sí mismo como aquel que llama a las cosas que no son como si fueran. Dios es conocido en Cristo como aquel que resucita a los muertos (Ro. 4:17). Así que "si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo" (Ro. 10:9). Dios resucitó a Cristo de los muertos, sentándole a su diestra en los lugares celestiales, y mostró la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos (Ef. 1:19,20). También ahora es verdad que "Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo" (Ef. 5:4-6). "Por lo cual dice: Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo" (Ef. 5:14). Y el Señor declara: "De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán" (Jn. 5:25).

Cristo se nos presenta en los evangelios como la resurrección. Como tal se revela a través de todas las grandes señales y maravillas que realizó, curando a los enfermos, abriendo los ojos de los ciegos, dando oídos a los sordos, haciendo saltar de gozo a los cojos, y, de manera muy especial, por las resurrecciones que llevó a cabo, particularmente la de Lázaro. No obstante, esas acciones fueron sólo signos, y tuvieron pleno cumplimiento cuando Cristo rompió los lazos de la muerte y el infierno, y apareció en gloria, victorioso sobre todos los poderes del sepulcro y la corrupción. Entonces se cumplió la palabra que le dijo a Marta, la hermana de Lázaro: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente" (Jn. 11:25,26).

Esta verdad de que la salvación es resurrección de los muertos, y esto a través de Cristo ­que es la Resurrección-, tiene una gran importancia para la adecuada comprensión del tema general "todo el que quiera, puede venir", que estamos tratando. Nos será de gran ayuda para encontrar la respuesta correcta a la cuestión de si el pecador tiene de él mismo el querer para venir a Jesús. Pues esta verdad nos muestra una triple implicación que debemos señalar brevemente. En primer lugar, si la salvación es precisamente resurrección de la muerte, es evidente que el pecador antes de ser salvo está realmente bajo el poder de la muerte. Segundo, deberemos considerar qué significa el que Cristo sea la resurrección. Y, finalmente, está claro que el pecador muerto tiene que ser puesto en contacto con el Cristo vivo, la resurrección, para que pueda ser salvo.

Ya hemos dicho que el pecador sin Cristo está muerto. Lo cual no es sólo la presuposición lógica del hecho de que la salvación sea resurrección de la muerte, sino también la enseñanza expresa de toda la Escritura. La sentencia de Dios sobre el pecador es: "El día que comieres, ciertamente morirás" (Gn. 2:17). Sentencia que se cumplió literalmente en el acto, de manera que ahora el hombre natural está muerto en delitos y pecados (Ef.2:1).

¿Qué significa que el pecador está muerto? ¿Cuál es esa muerte bajo cuyo poder está sujeto, y de la que, por sí mismo, nunca podrá librarse? La muerte no significa aniquilación. Ni es un estado de vida inconsciente. Más bien es un estado de corrupción, sufrimiento y miseria bajo la justicia vindicativa y la ira terrible de Dios. Es algo que afecta a todo nuestro ser. En un sentido espiritual, la muerte es la corrupción del alma y del espíritu, de tal manera que todos sus poderes obran en oposición a Dios. En esa muerte el entendimiento del hombre está entenebrecido, por lo que realmente no conoce lo que es bueno, sino que ama la mentira, estando totalmente privado de la verdadera sabidurías. Su voluntad está pervertida, por lo cual no desea, ni puede desear, ni elegir la verdadera justicia y santidad en el amor de Dios. Todas sus inclinaciones son impuras y profanas, codiciando solamente la iniquidad. En la muerte, el corazón del hombre, de donde manan todas las expresiones de la vida, en vez de estar lleno con el amor de Dios, está motivado por la enemistad contra él. Tal es, y no otro, el estado del hombre natural fuera de Cristo. El hombre es carnal. Su naturaleza es según la carne; y "los que son de la carne piensan en las cosas de la carne ... porque el ocuparse de la carne es muerte ... por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden" (Ro. 8:5­7) En el sentido físico, la muerte es la corrupción y desintegración del organismo corporal. También a esta clase de muerte fue entregado el hombre inmediatamente a la caída. El poder de la muerte opera en sus miembros, mostrándose en muchas enfermedades y defectos del cuerpo, llevándolo, finalmente, al lugar de la corrupción completa. Con idéntica certeza se sumergió en la muerte eterna: ese estado de desolación total del alma y del cuerpo en el infierno, porque allí lo redujo inexorablemente la ira de Dios, y jamás saldrá.

Es importante que tengamos en cuenta que ese estado de muerte en el que se sumergió el hombre a sí mismo por su desobediencia voluntaria es un estado legal, es decir, es una retribución, un castigo, y supone la ejecución de una sentencia divina de muerte. Para el hombre no es algo "natural" estar muerto. Tampoco se trata de un simple resultado natural y mecánico del pecado. Es cierto que la paga del pecado es la muerte, pero sólo porque la justicia divina así lo ha establecido. Es Dios quien da la muerte. El pecado es transgresión de su ley. Es rebelión. Es un mal ético. Es rebelión contra el Dios vivo. Y este Dios es bueno y justo. No puede tolerar que una criatura niegue su bondad impunemente. Frente al pecador que se aparta y le levanta su puño rebelde, él se mantiene en toda la gloria de su bondad, su perfección divina, su rectitud y justicia, su verdad y santidad. Le demuestra al pecador su perfección inmutable haciéndole miserable en grado indecible al experimentar que no hay vida ni gozo fuera de Dios. Persigue al pecador en todo lugar, hasta hundirlo en la desolación eterna. Dios es el terror del transgresor. Dios está contra él, y le hace experimentar su terrible y santa ira. Sí; ese Dios del cual el pecador jamás puede escapar, del que no puede ocultarse en toda la creación, con el que, aunque en su necedad niegue su existencia, se encuentra a cada paso, y con el que tendrá que vérselas por los siglos de los siglos

¡Eso es la muerte!

Mas ¡Cristo es la resurrección! Lo que significa que tiene el poder de vencer y destruir por completo nuestra muerte. Y como la causa de nuestra muerte es la ira santa y justa de Dios, esto implica que Cristo es el poder por el cual somos sacados fuera del estado del furor divino y la ira consumidora, bajo el que perecíamos, a un estado de favor y gracia con el Dios vivo. Y así como la base de la ira de Dios, que está contra nosotros y nos persigue hasta la muerte, es nuestro pecado y nuestra culpabilidad, así la verdad de que Cristo es la resurrección significa que él es quien borra nuestra transgresión y cancela el registro de nuestro pecado, y que es nuestra perfecta y eterna justicia con Dios. Cristo es nuestra resurrección porque quita la causa de nuestra miseria y muerte eterna, esto es, el pecado. Y vistiéndonos con una justicia perfecta, nos hace objetos adecuados del bendito favor de Dios. ¡Y así como la ira de Dios es muerte, su favor es vida!

Que Cristo es la resurrección significa aún más que esto. Significa que es el poder vivificante, y que en él hay vida frente a la muerte. La vida es la acción y operación de todo nuestro ser: del cuerpo y el alma, del corazón y la mente, la voluntad y todos nuestros deseos, en armonía con Dios. Justo como la muerte es enemistad contra Dios, la vida consiste en amarle con todo nuestro corazón, mente y alma, y todas nuestras fuerzas. La muerte es tinieblas; la vida es luz. La muerte es necedad, ignorancia y mentira; la vida es verdadera sabiduría, conocimiento de Dios y verdad. La muerte es perversión de la voluntad; la vida es armonía de la voluntad humana con la de Dios. La muerte es corrupción, impureza y contaminación de todos nuestros deseos; la vida es pureza de corazón y anhelo del Dios vivo. La muerte es estar abandonado de Dios en su ira; la vida es la más íntima comunión con él en su bendito favor. La muerte es miseria y desolación indecibles; la vida es el más puro gozo y felicidad. "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado" (Jn. 17:3). ¡Cristo es esa vida de entre la muerte! Él es la luz de entre las tinieblas, justicia de entre la injusticia, verdad frente a la mentira, conocimiento de Dios frente a ignorancia, sabiduría frente a necedad, gloria frente a la vergüenza, esperanza frente a la desesperación, gozo frente a la miseria, cielo frente al infierno. ¡El es la resurrección y la vida!

Todavía es necesario hacer una observación más en conexión con Cristo como la Resurrección. La resurrección no es la simple vuelta a un estado anterior, sino pasar a través de la muerte a una vida mucho más abundante que jamás antes se haya conocido. Es, en primer lugar, entrar en una vida totalmente victoriosa, donde se está para siempre libre de la muerte. En el primer Adán había una vida que podía perderse. El era mortal. En el último Adán hay una vida que es la victoria sobre la muerte y no puede perderse nunca. La muerte ya no tiene más dominio sobre él. El que es la Resurrección y la Vida no será afectado jamás por la sombra de la muerte. Y, en segundo lugar, la vida de la resurrección es celestial: la más alta realización posible de la bendita comunión con Dios, un verle cara a cara, y conocer como somos conocidos en el tabernáculo celestial de Dios. ¡Que Cristo es la resurrección significa que él nos saca de lo profundo del infierno a la gloria celestial!

Pero tengamos mucho cuidado. Sólo el Cristo de la Escritura es la resurrección. ¡Ningún otro! ¡Qué miserables sustitutos ofrece el modernismo! ¡Qué absolutamente privados de poder están para salvar de la muerte! ¿De qué le vale al que está muerto un Cristo también muerto? ¡De qué le sirve al pecador que está muerto, un excelente maestro, un buen ejemplo, un hombre de principios, en fin, un "Cristo" por el cual poder construir un mundo mejor para vivir? ¡El Cristo de la Escritura es la resurrección! Es el primero en todo porque es el verdadero Hijo de Dios, coeterno con el Padre y el Espíritu Santo. Desde la eternidad hasta la eternidad, él es Dios. Y como tal Hijo eterno, es vida, y tiene vida en sí mismo. A Marta le dijo: "Yo soy la resurrección y la vida". Y a los judíos en Jerusalén les dijo en otra ocasión: "Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo" (Jn. 5:26). Exactamente porque él es la vida y tiene vida en sí mismo, puede ser la resurrección. Y lo es realmente; pues entró en nuestra más profunda muerte y la destruyó para siempre. Porque fue ordenado desde antes de la fundación del mundo para ser Cabeza de su Iglesia; y como tal se hizo carne, y se unió con nosotros, para gustar la muerte en nuestro lugar. Tomó nuestros pecados sobre sí mismo. Llevó todo el peso de nuestra iniquidad, y con la carga de nuestros pecados sobre sus hombros poderosos, descendió a las tinieblas de la muerte, soportó la ira de Dios en perfecta obediencia, borró nuestra culpa y nos obtuvo justicia eterna. Así peleó la batalla contra la muerte y venció al enemigo. Siendo la vida, y teniéndola en sí mismo era imposible que la muerte lo retuviera. Rompió sus cadenas y se levantó a la vida inmortal. Pero aún hay más. Porque él ascendió a lo alto y recibió la promesa del Espíritu Santo, hecho de esta manera el Espíritu vivificante para que pudiera ser la resurrección para todos los suyos. Así el Hijo de Dios, que era vida en sí mismo, vino en semejanza de carne de pecado, quitó la causa de nuestra muerte y miseria eternas, fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación; por todo ello es la verdadera resurrección ¡por quien podemos ser vivificados y pasar de la muerte a la vida eterna!

Queda claro, pues, que tenemos que ir a Jesús, que es la resurrección y la vida. Fuera de él sólo hay muerte. En él se encuentra la vida de entre los muertos. Es evidente, por lo tanto, que para ser salvos debemos tener contacto, un contacto vivo, con Cristo, para que el poder de su vida gloriosa destruya en nosotros el dominio de la muerte, y pasemos de muerte a vida. Porque, como le dijo a Marta cuando iba a llamar a Lázaro del sepulcro: "El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí, no morirá eternamente". Sí, para obtener vida eterna, tenemos que ir a Jesús.

También ahora "todo el que quiera, puede venir". Así es. Ya lo hemos dicho; no hay excepción. Si vienes a Cristo como la resurrección y la vida, nunca serás avergonzado. ¡Nadie viene, o vendrá, a él, que no reciba justificación y vida!

Pero otra vez tenemos que preguntarnos: ¿Cómo iremos a Jesús? ¿Cómo iremos a la resurrección? ¿Cómo buscarán y establecerán contacto con ese poder de vida los pecadores que están muertos en sí mismos? ¿Enviaremos predicadores que les proclamen que Cristo es la resurrección, y que está deseando impartirles su vida, y que los está esperando rogándoles encarecidamente que vengan a él, y que se encuentra sumamente atento para ver la mínima señal por parte del pecador que posibilite a Cristo acudir y darle vida? ¿Les diremos que Cristo no puede hacer nada más, y que si los muertos no van a él, la Resurrección nunca podrá acudir a ellos? ¿Persuadiremos al muerto para que actúe antes de que sea demasiado tarde? Pues ese es sustancialmente el evangelio, o más bien la corrupción del evangelio, que se anuncia por todas partes en nuestros días. ¿Habrá algo más absurdo? ¡Ese pretendido evangelio es una imposibilidad total! ¡Eso es como decir que en el día de la resurrección final, Cristo enviará a algunos de estos llamados "evangelistas" para que convenzan y persuadan a los muertos para que salgan de sus tumbas y así puedan ser glorificados! En el fondo, esta perversión del verdadero evangelio lo que hace es negar que el hombre esté realmente muerto y que Cristo sea la resurrección. Le están predicando al muerto que él tiene más poder que la resurrección, que la muerte es más poderosa que la vida, ¡pues es una resurrección que no sirve a menos que el muerto dé su consentimiento!

Mas ¡gracias a Dios otra vez!, la acción vivificadora procede libre y soberanamente de la resurrección. ¡Cristo es primero! ¡"Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán"! Recuérdalo bien; es la voz poderosa del Hijo de Dios la que habla. Él llama, y ¿quién se resistirá? Su poderosa Palabra es vivificadora, que resucita a los muertos. La resurrección viene al muerto antes que el muerto a la resurrección. Y cuando éste ha sido vivificado, despertado de su sueño de muerte, entonces viene, humilde y voluntariamente, por la acción del don de la fe que le ha dado Dios, y conscientemente toma de Cristo la justicia y la vida eterna. ¡Y ahora espera el día cuando oirá de nuevo su voz, llamándole del polvo de la tierra a la gloria de la resurrección final!

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