¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? (Ro. 10:14)
El venir a Jesús, que implica también la voluntad para hacerlo, es el fruto de esa obra de gracia que el Padre realiza en el corazón, mente, voluntad y todos los afectos del pecador, y que la Escritura designa con la palabra traer. Por ese acto del Padre el pecador es convencido de pecado, iluminado con entendimiento espiritual, atraído a Cristo y sellado con el Espíritu Santo de la promesa. Esta maravillosa operación se lleva a cabo por el Espíritu Santo, como el Espíritu de Cristo, de manera tal que rebasa nuestro entendimiento.
No obstante, este acto de atraer al pecador, por el que se le
capacita para ir al Salvador, abrazarle y apropiarse de todos
sus beneficios salvadores, se realiza por medio de la predicación
del evangelio. Sin el evangelio nadie puede ir a Cristo. Porque,
en primer lugar, precisamente el Cristo al que tiene que acudir
el pecador para salvación, está revelado y presentado
en el evangelio según se encuentra contenido y preservado
en la Escritura. No hay otro Cristo. Sin el evangelio, por lo
tanto, no existe conocimiento de él; y sin conocimiento
del Salvador no puede contactar con él el pecador. Poco
importa lo demás; la riqueza del cristiano se mide por
el conocimiento que tenga del Cristo de la Escritura. Crecer en
la gracia, igualmente, no es otra cosa que crecer en ese conocimiento.
Por lo tanto, la predicación del evangelio es el medio
por el cual el Padre nos lleva a Cristo. Así lo reconocen
las palabras de Cristo en Juan 6:44,45: "Ninguno puede venir
a mí, si el Padre que me envió no le trajere...
Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados
por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre,
y aprendió de él, viene a mí". Este
oír, ser enseñados, y aprender, tiene lugar por
medio de la predicación del evangelio. Como lo expresa
claramente Romanos 10:14: "¿Cómo, pues, invocarán
a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán
en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán
sin haber quien les predique?"
Además, la acción de la gracia tiene tal carácter
que no viola la naturaleza racional y moral del pecador que es
llevado a Cristo. No se trata de una acción compulsiva.
Al pecador no se le fuerza a ir a Cristo en contra de su voluntad
y sin comprender nada. Al contrario, la gracia hace que el pecador
obre voluntariamente; de manera tal es vencido por la gracia irresistible
de Dios, que se torna en alguien realmente dispuesto, y él
mismo hace la elección, consciente y voluntaria, de volverse
al Dios de su salvación. La gracia no destruye la voluntad,
sólo la cambia. La mente no es desplazada, sino iluminada
espiritualmente. El pecador es enseñado por Dios; pero
precisamente por ello, la predicación del evangelio es
un medio indispensable. Mientras Dios atrae al pecador por el
Espíritu, lo llama por el evangelio; y de esta manera el
pecador realiza consciente y voluntariamente el acto de ir al
Salvador.
De esto se deriva lo tremendamente importante que es para la Iglesia de Cristo en el mundo que comprenda y sea fiel a su único y sagrado llamamiento: ¡predicar la Palabra! Pues ese es el medio instituido por Dios con el que le ha placido, en Cristo, atraer a los pecadores. Para ser llevado a Cristo, el pecador tiene que oír su voz, la propia voz de Cristo dicha a él personalmente. Ninguna otra cosa, excepto la palabra de Cristo, puede obrar para salvación. La palabra de un hombre, aunque saque su contenido de la Escritura, no es suficiente; el pecador tiene que oír la palabra de DIOS. La palabra humana no tiene poder alguno, sólo la de Dios es poderosa. Solamente ella es "viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu; las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón" (He. 4:12). Sólo la Palabra de Dios es eficaz: produce lo que declara. Dios es el único que llama a las cosas que no son como si fueran. Sólo su poderosa palabra resucita a los muertos. Cuando dice: "Sea la luz", es la luz. Cuando Cristo le dice a Lázaro: "¡Ven fuera!", el muerto sale de su tumba (Jn. 11:43,44). Cuando el mismo Cristo dice: "Ven a mí", el pecador va con toda seguridad. Esa palabra solamente la puede hablar Cristo. Nadie puede ocupar su lugar; y es absolutamente necesario que el pecador la oiga. Así lo dice el Señor: "Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán" (Jn. 5:25). Y otra vez: "Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen" (Jn. 10:27). Y el apóstol Pablo escribe en Romanos 10:14: "¿Y cómo creerán a aquel a quien (no: de quien) no han oído?"
¿Podría realmente ser de otra manera? ¿Cómo podría la palabra de un hombre; cómo los ruegos de un predicador, ocupar el lugar de la poderosa Palabra de Cristo para la salvación de un pecador? ¿Cómo creerá alguien en el Señor Jesucristo, si no es por medio de su propia Palabra? Ir a Jesús es creer en él; y creer en él es el acto de un conocimiento espiritual positivo y absolutamente cierto, junto con la más perfecta e implícita confianza en que él es la base y el supuesto necesarios de mi justicia y salvación. Por la fe me sostengo en él para la vida y la muerte; para el presente y la eternidad. Por fe vivo en medio de la muerte; por fe tengo esperanza en medio de la desesperanza. Por la fe soy indeciblemente feliz en medio de la miseria; por ella desmiento y salgo victorioso contra todas las indicaciones de mi experiencia actual: culpa, condenación, muerte, ira divina, el infierno y el diablo; y me mantengo en la confianza de que soy justificado, que vivo, que soy objeto del favor de Dios, y heredero de la vida y gloria eternas. ¡Y todo ello es verdad porque creo en Cristo!
¿Pero cómo podrá realizar un pecador tal acto
de fe? ¿Descansará esa fe en la palabra de un simple
hombre, aunque éste hable sobre Jesús? ¿Podrá
la mera palabra humana crear esa maravillosa fe en el corazón
del pecador que está muerto espiritualmente, con la voluntad
pervertida, corrupto de corazón y con el entendimiento
entenebrecido? ¡Te digo que es imposible! Para la fe salvadora
nada puede servir de base, excepto la certeza de que estoy oyendo
a Cristo, al mismo Hijo de Dios, hablarme personalmente. ¡Esa
fe sólo puede ser traída por su propia Palabra,
hablada por él mismo! ¡Tengo que oír la Palabra
de Dios; necesito oír la voz del Buen Pastor! Tengo que
oír la voz de Jesús diciéndome: "Ven
a mí y descansa". Su propia Palabra tiene que llegar
hasta mí, y oírle decir: "Ven a mí y
bebe". Él mismo tiene que clamar delante de mi sepulcro
espiritual: "¡Sal fuera, y resucita de los muertos!"
Entonces, y sólo entonces, podré confiar realmente
en él, descansar en él y a él acudir, apoyarme
en su pecho y encontrar el reposo prometido.
Ahora bien, ha placido a Cristo hablar esta poderosa Palabra,
con la que atrae a los hombres, por medio de la predicación.
La Palabra de Cristo no nos viene a través de una voz
interna que la introduzca inmediata, directa y místicamente
en nuestros corazones. Al contrario, el apóstol escribe:
"¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?"
(Ro. 10:14). Cristo instituyó la predicación del
evangelio como un medio por el cual quiso atraer a sí propio
a los suyos y hablarles su Palabra. De esta verdad surgen varios
puntos muy importantes respecto a la predicación en cuanto
tal, a los que vamos a prestar atención brevemente.
Primero, es necesario enfatizar que predicar es ministrar la Palabra
de Dios en Cristo. Lo cual quiere decir que está totalmente
al servicio de esa Palabra. Es, y quiere ser, un medio
para que la poderosa e irresistible Palabra de Cristo mismo sea
anunciada. Si tienes en cuenta esto, concluirás de inmediato
que escuchar la predicación de la Palabra es un asunto
extremadamente serio. A la iglesia no vas para oír un "bonito
sermón", ni a entretenerte con una espléndida
oratoria, ni a descubrir las opiniones de algún erudito
respecto a un determinado tema, sino a oír la Palabra de
Cristo que él mismo te dirige. Se trata, pues, de un asunto
de vida o muerte. Esto es lo esencial en la predicación
verdadera: que Cristo mismo te habla a través de las palabras
del predicador; y eso es lo que la distingue de una mera conferencia.
Si Cristo no habla no hay predicación. Toda la sabiduría
del mundo, la oratoria más brillante del más atractivo
y fluido de los predicadores, todo el sentimentalismo del moderno
avivacionista, todas las historias conmovedoras que pueda contar,
todos sus ruegos y súplicas emocionales, son en vano. Cuando
oímos la predicación verdadera de la Palabra, lo
que ocurre es que estamos oyendo la voz de Jesús que dice:
"Ven a mí y descansa"; le oímos proclamar:
"Arrepiéntete y cree"; oímos que nos asegura:
"Tus pecados te son perdonados, ve en paz". Para este
preciso fin, pues, la predicación es un medio.
Segundo, de ello se sigue que un predicador, en lo que concierne
al contenido de su mensaje, está limitado en su comisión
según el contenido de las Santas Escrituras. El predicador
no tiene un mensaje suyo para proclamarlo. Es un embajador de
Cristo, y como tal debe declarar el mensaje que le ha encargado
quien le envió. El que ocupe el puesto de predicador, y
pretenda ser un ministro de la Palabra, pero que no tenga en cuenta
ese mandato y proclame su propia filosofía respecto a temas
de este mundo, el tal es un falso profeta. Y la iglesia que es
infiel a su vocación y que, en lugar de predicar la pura
Palabra de Dios según las Escrituras, pone su púlpito
al servicio del mundo y su filosofía humanista, es una
abominación a Yahvéh. Es igual que la Jerusalén
de antiguo, que mataba a los profetas, y eso cuando precisamente
a través de ellos Cristo quería juntar a sus hijos
como la gallina junta a sus polluelos bajo sus alas; sin embargo,
se opusieron a él y devoraron sin piedad al pueblo de Dios.
¡Ah, pero Cristo juntará a su pueblo con toda certeza!
Los hijos de Jerusalén no perecerán. Mas el juicio
sobre la Jerusalén inicua, que los esparce bajo la apariencia
de estar juntándolos, será terrible. Y la iglesia
moderna, que proclama la filosofía del mundo en lugar de
la Palabra de Dios y el evangelio de Jesucristo crucificado, y
da a sus miembros piedras en vez de pan, ¡esa iglesia es
la culminación del falso profeta, el siervo del Anticristo,
que será echado al lago de fuego y azufre junto con el
diablo y la bestia!
Cuando uno considera la condición de lo que se conoce como
Iglesia en el mundo de hoy, ésta presenta un espectáculo
realmente lamentable. Parece que en su mayor parte ha olvidado
la verdad del evangelio. Si uno se encuentra fuera de su iglesia
local y, hambriento del pan de vida, entra en alguno de esos edificios
que por su estilo arquitectónico sugiere que está
dedicado al ministerio de la Palabra; en la mayoría de
los casos se verá defraudado. En lugar de pan dan piedras.
Es cierto que la Biblia aún está en el púlpito;
y allí sale un hombre que por su atuendo parece un
ministro de la Palabra, pero en cuanto abre la boca se hace evidente
que es un engañador que ignora completamente su vocación,
y corrompe la Palabra de Dios. Y, encima, da la impresión
de ser un asno mentecato, pues, generalmente, ni siquiera tiene
el dominio adecuado de la filosofía humanista que presenta
con aire de erudición. La iglesia que desprecia su llamamiento
de predicar la Palabra de Dios, es igual que la sal que ha perdido
su sabor: sólo sirve para el estercolero.
Ante semejante situación existen razones más que
suficientes para que la Iglesia de Cristo fuese fiel, y velase
vigilando con diligencia para predicar y aplicar la pura Palabra
de Dios en su plenitud: todo el consejo de Dios, tanto en su adoración
como por los que predican la Palabra. La Iglesia tiene el deber
de predicar el evangelio; y el evangelio es la promesa, la promesa
cierta de Dios. Esa promesa no es otra cosa que Cristo mismo en
su plenitud salvadora. Cristo, el Hijo de Dios encarnado, la revelación
del Dios de nuestra salvación, que fue entregado por nuestras
transgresiones y resucitado para nuestra justificación;
el Cristo de Dios, a través del cual Dios nos ha reconciliado
consigo mismo, y por el que nos ha regenerado, justificado, perdonado
nuestros pecados, adoptado como hijos; nos ha preservado para
el fin, y nos glorificará juntamente con Cristo en la resurrección
final. Cristo, quien recibe a todos los que van a él, no
por ellos mismos, sino por la gracia del Padre que los lleva;
y que sin duda dará agua al sediento, pan al hambriento,
descanso al trabajado; que cambia la ceniza por belleza, la vergüenza
por gloria, la muerte por vida. Ese Cristo es el contenido del
Evangelio. Y esa Palabra de Cristo respecto a sí mismo
es la que debe predicar el ministro. Cristo no la presenta como
un simple ofrecimiento a todos los hombres, cuya recepción
dependa del antojo de la voluntad humana; él no puede predicar
una mera posibilidad de salvación: la promesa del evangelio
es la promesa del Dios vivo, firme y segura. La salvación
no es una posibilidad, sino una certeza. Dios mismo la lleva a
cabo, no por voluntad del pecador, sino a pesar de su indisposición.
El predicador debe proclamar que Cristo y la promesa del evangelio
es algo seguro para todo el que se arrepiente y cree, para el
que está hambriento y sediento, para el trabajado y cargado.
El fruto puede y debe dejarlo en las manos de Dios, que es el
único que puede salvar, y que tiene misericordia de quien
él quiere y al que quiere endurecer, endurece.
A todo esto debemos añadir, finalmente, que el predicador
tiene que ser enviado. Porque "¿cómo predicarán
si no fueren enviados?" Sobre este llamamiento y misión
del predicador no hay nada oculto o misterioso, pues, en los apóstoles,
Cristo comisionó a su Iglesia en el mundo para predicar
el evangelio. "Id por todo el mundo y predicad el evangelio
a toda criatura" es una comisión, no a cada individuo,
sino a los apóstoles, y, en ellos, a la Iglesia que representaban.
La Iglesia es "columna y baluarte de la verdad"; ella
recibe la promesa de que el Espíritu la guiará a
toda verdad. A ella le confió el Señor su Palabra.
La Iglesia debe preservar, interpretar, confesar y predicar la
Palabra de vida. Por esto mismo, ya que la Iglesia cumple su ministerio
por medio de la predicación, el predicador tiene que ser
enviado por la Iglesia. Ningún creyente individual puede
constituirse en predicador por su propia cuenta; tiene que ser
enviado. Ninguna clase de grupo, escuela, sociedad, comité
o secta, que funcionan a menudo al margen de la Iglesia y hablan
de ella en tono despectivo, ha recibido la comisión de
predicar; sólo la Iglesia tiene tal comisión, y
ella solamente puede llamar y enviar al predicador. Precisamente
por esta razón, el predicador no se gloriará de
ser "adenominacional", ni pretenderá introducir
toda suerte de doctrinas nuevas y extrañas. Al contrario,
se sentirá llamado por la Iglesia y, conectado con la Iglesia
de todos los tiempos, proclamará el evangelio de Cristo
tal como lo ha confesado esa Iglesia que ha sido guiada por el
Espíritu a toda verdad.
A través de la predicación Cristo hablará su propia Palabra de poder, y atraerá a los suyos. Digo: a los suyos; porque no todos los que oyen externamente el evangelio son guiados por el Padre. No es del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Siempre habrá los que serán endurecidos, para quienes la preciosa piedra del ángulo es piedra de tropiezo y roca que hace caer. Mas a los suyos los llamará con toda seguridad, y con esa misma seguridad irán a él y serán recibidos. Porque sus ovejas oyen su voz, y le siguen, y les da vida eterna, y jamás perecerán. ¡Nadie las arrebatará de sus manos!