Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. (Mt. 11:28)
Para ser salvos tenemos que ir a Dios. Pero no podemos hacerlo
tal como somos: culpables y corrompidos con el pecado; por eso
debemos ir a Jesús para, a través suyo, llegar a
Dios. Porque Jesús es la revelación del Dios de
nuestra salvación, y puede salvar plenamente a los que
se acercan a Dios por él. Y todo el que quiera venir, puede
hacerlo, teniendo la seguridad de que no será echado fuera.
Ahora bien, ¿quiénes son los que quieren venir a este
Jesús, el Cristo de la Biblia? Con independencia de cómo
se explique el hecho en sí, es evidente que no todos tienen
el deseo de hacerlo, pues si lo tuvieran, vendrían. Sin
embargo, la Escritura y la experiencia enseñan que no todos
son salvos. Y cuando se les predica el evangelio sin distinción,
de inmediato se percibe que muchos rechazan a Cristo, no quieren
tener nada con él, y lo aborrecen y crucifican de nuevo;
mientras que otros, por el contrario, lo reciben y se les da potestad
de ser hechos hijos de Dios. Cristo está puesto para caída
y levantamiento de muchos, no sólo en Israel, sino en todos
los tiempos y entre todas las naciones (Lc. 2:34). Es una señal
que será contradicha, y los pensamientos de muchos corazones
serán revelados por él (Lc. 2:34,35). La palabra
de la cruz es locura para unos, y poder de Dios para otros (la
Co. 1:18). El Cristo crucificado es piedra de tropiezo para muchos,
mientras que para otros es sabiduría de Dios (la
Co. 1:23,24). Y los que predican el evangelio son olor de vida
para vida a algunos, y a otros olor de muerte para muerte (2a
Co. 2:15,16). El es la principal piedra del ángulo, escogida,
preciosa; sobre la que muchos son edificados como casa espiritual
y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables
a Dios por medio de Jesucristo; mas para otros es piedra de tropiezo
y roca que hace caer (la P. 2:58). Así
fue cuando él mismo predicó el evangelio del reino
en la tierra, y la misma separación entre los hombres sigue
causando el evangelio hasta hoy.
¿Cómo se explica esta diferencia? ¿Qué
hay en Jesús, el Cristo de la Escritura, para que unos
estimen como estiércol todas las cosas en comparación
con el conocimiento de su Señor, mientras otros le desprecian
y rechazan y aborrecen más que a nada en el mundo? ¿Qué
hay en los hombres para que expresen valoraciones tan radicalmente
distintas, y asuman posiciones tan diametralmente opuestas? Todo
el que quiera, puede venir. Seguro. Pero no todos quieren. ¿Por
qué unos sí y otros no?
Para contestar a estas cuestiones necesitamos mirar más
de cerca al Cristo de la Escritura, y examinar a los hombres en
relación con él. ¿Quién es? ¿quién
proclama ser este Jesús? ¿Qué promete a los
que van a él, y qué deben realmente buscar, desear
y amar?
Prestemos atención especial a esos pasajes en los que el
Señor llama a los pecadores a venir a él. Uno de
estos es el bien conocido de Mateo 11:28: "Venid a mí
todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré
descansar".
Es evidente que el Salvador se presenta aquí a sí
mismo como el Dadordedescanso. Nótese, además,
que esta declaración es positiva e ilimitada. Es positiva
en su promesa: Os haré descansar. Precisamente por afirmaciones
como esta se distingue Cristo de todos los demás: él
habla con autoridad, no como los escribas. Cristo no dice: Os
instruiré en el arte de garantizaros descanso por vosotros
mismos; o, yo os enseñaré dónde podéis
encontrarlo. No. Él dice positivamente: Os haré
descansar. Además, es una declaración no limitada
por el tiempo o el espacio, pues aún hoy sigue con nosotros.
Fue pronunciada hace casi dos mil años en el pequeño
Canaán, pero permanece oyéndose en todo el mundo.
Es la única palabra con autoridad y poder que se oye en
medio de un mundo lleno de intranquilidad, guerras, aborrecimientos,
derramamientos de sangre y destrucción. (Venid a mí,
y os haré descansar!
Puede que alguien piense que todo el mundo, especialmente en una
situación como la actual, con el desgarro y el hastío
de la guerra, atenderá esta llamada y se volverá
a Cristo por descanso. Es cierto que estamos en guerra, la peor
y más sangrienta de cuantas se han librado; pero ¿no
luchamos por la paz, para que la paz mundial venga cuando termine
el enfrentamiento? ¿No estamos buscando, hablando y planificando
una paz real, justa y duradera para el mundo? Bien, entonces la
solución parece fácil. Tenemos la voz que con autoridad
proclama hasta los fines del mundo: "Venid a mí, y
os daré descanso". En una situación tan dolorosa,
¡seguramente todos irán para que les cumpla su promesa!
No. No es tan simple.
¿Es esta paz, este descanso humano, lo que Cristo promete?
La Escritura habla frecuentemente del reposo; y la idea es siempre
la misma en esencia. En seis días creó Dios el mundo
y el séptimo reposó. Ese es el reposo de Dios, su
sabbat, su entrar en el gozo de su obra terminada. Y santificó
ese día para el hombre, para que él también
pudiera entrar en el reposo de Dios. La tierra de Canaán
en la cual Yahvéh introdujo a su pueblo Israel era el reposo:
allí viviría el pueblo en la comunión del
pacto con el Señor su Dios. Y les ordenó guardar
el sábado, el reposo de Dios. Sin embargo, también
ha jurado que no entrarán en su reposo y están bajo
su ira, todos los que divagan de corazón y no conocen sus
caminos (Sal. 95:10-11). El pueblo hallará descanso para
su alma en el camino de los mandamientos de Yahvéh (Jer.
6:16). La primera parte del capítulo cuarto de la carta
a los Hebreos está dedicada enteramente a la cuestión
del reposo. Allí aprendemos que ni el reposo de la creación
en el día séptimo, ni el de Canaán, fueron
terminantes y perfectos. Dios ha preparado otro mejor, más
rico y permanente para su pueblo: el reposo en Cristo, el sábado
eterno que queda para los redimidos. Ahora es el tiempo de procurar
entrar en ese reposo (He. 4:111). De ese descanso habla
la voz desde el cielo en Apocalipsis 14:13: "Bienaventurados
de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor.
Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus
trabajos, porque sus obras con ellos siguen". Es el estado
opuesto al del impío que adora a la bestia y su imagen,
el humo de cuyo tormento "sube por los siglos de los siglos.
Y no tienen reposo de día ni de noche" (Ap. 14:11).
Desde el principio la Escritura habla de este reposo como la realización
de la promesa de Dios a su pueblo; y es del que habla el Salvador
cuando dice: Venid a mí, y descansad.
¿Qué, pues, es el reposo, y cuál ese en particular
que se nos presenta en la Escritura como el objeto final de la
salvación?
Reposo no es lo mismo que ociosidad o mera inactividad. Porque,
por un lado, un estado de estricta inactividad es imposible para
el hombre, pues su espíritu siempre está ocupado,
y es fácil que se recueste perezosamente en la cama sin
obtener el descanso apetecido. Por otra parte, un estado de plena
e intensa actividad es compatible con el reposo perfecto. En esa
imagen tan bella y simbólica del estado de gloria presentada
en Apocalipsis 4, leemos que los cuatro seres vivientes que están
alrededor del trono de Dios y del Cordero "no cesaban día
y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios
Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir"
(vs. 8). ¿Quién no entiende que en esta glorificación
constante del Altísimo se encuentra el disfrute del verdadero
reposo? Aun el mismo descanso de nuestro día de reposo
semanal no consiste en la mera cesación de todo trabajo,
sino más bien en llenar el día hasta rebosar con
la actividad de buscar el reino de Dios. Por lo tanto, el holgazán
que pierde su tiempo el primer día de la semana, es más
profanador del sábado que quien emplea el día en
vender o labrar.
El reposo implica que una cierta tarea ha concluido, que la obra
está completa y terminada, que el propósito se ha
cumplido y se ha obtenido el fin apetecido, y ahora se entra en
el disfrute de la obra acabada. Es ese estado de alma y cuerpo,
de mente y corazón, en el que la más intensa actividad
es, al mismo tiempo, perfecto reposo, y el trabajo es gozo perfecto.
Para el hombre este reposo consiste en la adecuada comunión
con Dios. Como dijo Agustín: "Nuestro corazón
está sin reposo, hasta que no descansa en ti". Porque
el hombre fue creado a imagen de Dios, en verdadero conocimiento
y santidad, dotado con el conocimiento de Dios que es vida, para
que en esta semejanza pudiera ser el amigo de Dios, entrar en
su más íntima comunión, disfrutar su favor
y gustar que el Señor es bueno. Esta comunión suponía
constante actividad, amando al Señor su Dios con todo su
corazón, con toda su mente, con toda su alma y con todas
sus fuerzas, y servir al Altísimo con todo su ser en gozosa
y voluntaria obediencia. En ese estado puso Dios al hombre en
el primer paraíso; un estado de rectitud, reposo e intensa
actividad, de gozo y de paz, de vida y gloria, en el que continuamente
procuraba el fin de tener comunión con Dios en el camino
de la plena obediencia de amor. El ciclo semanal de seis días
y uno, era un símbolo y sello para el hombre de esa perfecta
relación de trabajo y reposo.
Pero el hombre no quiso a Dios. Cayó de su reposo y se
precipitó en el desasosiego incurable del diablo. Rechazó
la Palabra de su Dios y siguió la mentira de la serpiente.
Rehusó caminar en la senda de la obediencia, sólo
en la cual era posible obtener y gustar la bendita comunión
con Dios, y se convirtió en desterrado, culpable y digno
de muerte, objeto de la ira de Dios, bajo la cual pereció,
con su entendimiento entenebrecido, corrupto de corazón
y perverso de voluntad, enemigo de Dios, buscando reposo donde
sólo se puede encontrar iniquidad, paz donde sólo
hay guerra, y vida donde está la muerte. Atrayendo sobre
sí tal carga de culpa que nunca la podrá expiar,
sino que la incrementará cada día. Fue encadenado
con grilletes de pecado y corrupción que nunca podrá
romper, y quedó sometido al poder de la muerte, de la que
nunca se podrá librar. Extraviado, inquieto, sin Dios en
el mundo, es "como la mar en tempestad, que no puede estarse
quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo. No hay paz, dijo Dios,
para el impío" (Is. 57:20,21).
Dios ha provisto, no obstante, un mejor descanso para su pueblo:
el reposo de su pacto y reino eterno, en el que tendrá
su tabernáculo con ellos para siempre en gloria celestial.
Esa obra de Dios por la cual nos saca de nuestra senda de iniquidad
a la gloria de su sábado eterno, es la maravilla de la
gracia y la salvación. Porque este reposo final y eterno
sólo se puede obtener por medio de una obediencia tal que
sea capaz de vencer y borrar el pecado. La justicia de Dios debe
ser satisfecha, el pecado expiado y establecido un fundamento
de justicia. El pecador tiene que ser redimido, liberado del poder
y dominio del pecado y la muerte, y revestido con una nueva justicia
y una nueva vida para que tenga el derecho y el poder de comer
del árbol de la vida que está en medio del paraíso
de Dios. El reposo verdadero es, pues, cese del pecado: ese estado
en el que el poder del pecado y de la muerte ha sido derrotado
para siempre, y se ha logrado la justicia perfecta y la vida eterna
en el tabernáculo celestial de Dios.
Ese reposo está en Cristo. Nunca podríamos cumplir
la tarea de expiar nuestros pecados ni liberarnos del yugo de
corrupción y del dominio de la muerte. Estamos aplastados
por el pecado y no podernos movernos, y aunque intentásemos
expiarlo, todo sería en vano. La obra es de Dios. Suyo
es el reposo. El cumplió la obra en Cristo, su unigénito
Hijo. Cristo es el reposo en sí mismo porque él
es Enmanuel: Dios con nosotros; la naturaleza humana y la divina
unidas para siempre en su bendita persona. Él mereció
el reposo porque tomó todos nuestros pecados sobre sus
poderosos hombros y cargó con el castigo en el madero maldito.
La obra fue realizada: "Consumado es". Quitó
toda nuestra culpa, venció el poder de la muerte y nos
colocó en la gloria de su Resurrección. Subió
a lo alto y recibió la promesa del Espíritu; así
que él es el Espíritu vivificante, capaz de sacarnos
del pecado a la justicia, de la muerte a la vida eterna. Y desde
lo alto dice: "venid a mí todos los que estáis
trabajados y cargados, y yo os haré descansar".
¿Irán a Cristo? ¿Tiene alguien el deseo y la
voluntad para entrar en su reposo? De sí mismo ¡nadie!
Porque el querer ir está motivado por el anhelo de volver
a Dios, y el hombre es su enemigo; implica la consciencia y el
reconocimiento de que se está trabajado y cargado con un
yugo de pecado que nunca puede quitarse. Querer ir supone reconocer
que estamos aplastados y desesperados por el pecado y la muerte,
y que todo nuestro esfuerzo es en vano. Significa reconocer que
por nosotros mismos es imposible entrar en el reposo; implica
que nuestros ojos estén puestos en Jesús como el
Dadordedescanso, y que le anhelemos esperando que
nos lleve a Dios y su reposo. Que deseamos estar a bien con Dios,
y no sabemos cómo; queremos dejar el pecado, y no podemos;
queremos ir a la casa del Padre, y no sabemos. Solamente Cristo
sabe y es capaz, ¡él es nuestra única esperanza!
Todo eso significa querer ir a Cristo.
Pero el hombre natural no tiene de sí mismo este querer.
Está trabajado y cargado, cierto, mas no del pecado como
tal. Su conflicto es con la inquietud, la guerra, la destrucción,
el derramamiento de sangre, la enfermedad, la angustia y la muerte.
Y su esfuerzo está enfocado a eliminar esas trabas que
fastidian su bienestar. Quiere establecer la paz y la felicidad
y hacer un mundo mejor, pero no reconoce que su problema es su
pecado, y que su inquietud y falta de reposo está causada
por haber despreciado a Dios. No quiere cesar del pecado ni buscar
a Dios. Busca el reposo y la paz precisamente en la esfera del
pecado. Hace la guerra hablando bellas palabras de paz; presumiendo
de justicia, aborrece la de Dios, y destruye el mundo, mientras
proclama uno mejor. Realmente no quiere entrar en el reposo de
Dios, ni venir a Cristo.
Mas ahora Cristo dice: ¡Ven! Y cuando él habla, ¿quién puede resistirse? Si hablo yo, si habla un simple hombre, si un predicador ruega, invita y persuade, eso no tiene ningún valor. Lo oyes con tu oído natural, lo ves con tus ojos naturales, y comprendes el significado, pero tu corazón está lejos, y rechazas a Cristo. Con ello demuestras que eres ciego, sordo y corrupto, agravando así tu culpabilidad. Pero no, no es la voz de un pecador, ¡es Cristo el que habla! El que una vez dijo ante la tumba de Lázaro: ¡Ven fuera!, también habla hoy por su Palabra y su Espíritu. Y por el poder de su Palabra recibes ojos para ver, oídos para oír y una mente iluminada para comprender tu miseria, el anhelo de ser libre y entrar en el reposo de Dios, y la voluntad para ir a Cristo. Y todo el que quiere puede ir sin temor. La promesa es tuya y nunca fallará: "Ven, y yo te haré descansar".